I.
En los labios del candidato se dibujó un horizonte. El reloj debajo del prompter accedió a su deseo y se detuvo las milésimas de segundo suficientes para escupirle al entrevistador con una serena y elástica sonrisa, un ahogado y mudo: “hijo de puta, hijo de la re gran puta, hijo de la rechingada, otra vez intentan joderme”. Y pensó que él no era un hombre de respuestas sencillas y pensó en una confabulación de los pendejos proles que deberían votar por él y obedecer y, no andar de filósofos preguntando si sabía quién chingados escribió tal o cual libro, al fin, los mexicanos leen entre todos juntos uno o dos libros al año, ¿qué esperaban de mí, qué fuera corrector del Tv-novelas? Pensó en El Padrino, quien tanto se empeñó en prepararlo no para resistir, sino para revertir los embates de sus enemigos, ¿qué respondería a una pregunta tan pedestre, tan prole? Por un milisegundo pensó en su hermosa hija, y en el novio, quizá ellos responderían con mejor precisión que él mismo. Si tan solo hubiera abierto la sección de finanzas de La Prensa, esa mañana. Sus pupilas buscaron el reflejo de su sombra, encontró su silueta erguida y sin mancha, su pelo perfectamente engominado. “Conteste lo primero que le venga a la mente y pase de inmediato a otro tema” había sido instruido por su asesor de imagen, el mejor que haya tenido un precandidato de los gobiernos revolucionarios. Pero he allí el problema, nada venía a su mente sino los rostros endurecidos de sus guaruras del estado mayor presidencial, esos rostros que no hubieran dudado en lanzarse como meteoros de fuego sobre los micrófonos de los reporteros. Durante unas milésimas de segundo dudó entre responder: un dólar. Pero lo habrían acusado de “vende patrias”. Luego pensó que era injusta esa pregunta “¿cómo iba a saber lo que cuesta un kilo de tortillas en México?, si para comenzar hace años que no había comido una, eso es alimento para proles. Acaso a Obama le preguntan ¿cuánto cuesta un miserable hot dog? o al Papa ¿cuánto le cuesta una oblea?” En ese milisegundo se iluminó su rostro. Sus músculos se relajaron nuevamente, una sonrisa terminó de dibujarse en su rostro, hasta su famoso copete si hubiera sido un gallo de lidia hubiera lanzado un quiquiriquí triunfante. Se inclinó, acercándose ligeramente al entrevistador, como quien hace una confidencia. Resuelto con ese as bajo la manga, respondió: No soy la señora de la casa.

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