Molly Bloom
“sí eso somos flores todo el cuerpo de mujer sí esa fue la única verdad que dijo en su vida” / “Ulises”, James Joyce
¿Cuántos nombres acuden a la espera de este tren silencioso
y cuánta soledad arrastra su mundana estructura por los apeaderos?
Tú sigues indeleble en el mismo lugar
donde los ojos tuercen su armadura para tocarte mínima,
tan triste y sonrosada,
ya lejos del paisaje que oblicuamente azota como un eco terrible.
Porque siguen subiendo por tus manos ejércitos de hormigas
y yo intento agruparlas en las líneas
que construye el cemento de mi vista cansada.
Y apenas queda aire y quedas tú,
como la afirmación perpetua que oscila con la sangre,
la que vuelve la espalda a Mefistófeles
para exiliar el no a la ceniza ilustre, al templo de los idos.
Yo no puedo mirarte con los ojos de Eliot,
porque ya no son ellos,
se alzaron a otra oscuridad más cierta,
pero en cada estación me exculpo de mirarte
salvajemente humana,
tan corazón de hembra fluyendo por el miedo.
¿Por qué no me contestas, Molly?
Ahora que te observo sola, sin tu hijo
al lado de la mujer que duerme con la guerra colgándole en las uñas,
y tú, cuyo rostro es un quiebre en el paisaje
sin respirar siquiera te prolongas en el crujido oscuro de la tarde.
Sé que tu corazón desbordará el estrecho
y yo no alcanzaré a colocar los puntos que libres se evaporan
en la flema voraz de tu lenguaje, pero me quedaré contigo
hasta que me descubras y vuelvas a decirme:
“Sé que también tú vas abandonarme”
.
.
El año que se ahogaron los gigantes
Todas íbamos a ser reinas.
Gabriela Mistral
El año que se ahogaron los gigantes
nadie tenía una corona
ni un verano con sueños de chiquilla que hablara de los pájaros,
nadie tenía la edad de los naranjos cuando saben a verde
y clavan en el labio su edad escandalosa.
Los ojos de Alfonsina eran todos los ojos
sumándose a las aguas
y amaron toda soledad de golpe
y se supieron hembras.
Se adentraron los silbos en el pelo
mientras el mar dolía en una sola gota,
ya no quedaban muertos que llorar
y no quedaban niños azulando las noches,
las formas de la higuera anidaron los muslos
como frutos austeros que sin pudor se olvidan.
El año que se ahogaron los gigantes
ella amaba la tristeza del árbol
la huella quebradiza de los montes sobre la gravedad del vientre
y otoños que parían cinturas amarillas.
Ella soñaba uvas en la paz del sarmiento
y supo que el poeta era la única verdad sonora,
la tierna obstinación a lo que sangra.
Háblame, Juana, dime en qué lugar
las violetas forman un cimbel de palomas,
en qué segundo el fruto de las torvas riega los helechos
para comprender la llama,
para saberse entera.
Dime, qué animal se trenza al hilo del mistral
y todo es una sola luz que te parte las uñas.
¿Acaso en esta oscuridad me ves,
saben ellas que el lirio es un arma imposible
para matar la lengua de los amores muertos?
Sí, todas íbamos a ser reinas.
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Fábula del león dormido.
Duerme el león su historia incontestable,
amontona guaridas en la noche
donde amarrarse al mundo
y enumera los verbos en baldes de amargura
que se beben los pájaros de insaciable miseria.
Tan sólo el miedo es fértil
cuando cabe la sombra en la boca de un perro
y escribe permanencias con su lengua.
Una lágrima rompe la solidez del páramo
y un no-nacido verso se derrumba.
Reptando en la palabra de algún díos indeciso
que no conoce el rostro de su pueblo,
avanza un corazón más hondo que la muerte,
el martillo de la verdad entera,
implacable felino sobre el poema aguarda.
Y el león es un niño que cuenta con los dedos
la muerte que le espera para ser inmortal.