Nota: Todos los Poemas de esta sección son de Alicia García Bergua.
Un poema mío a modo de carta desde Civitella
.
Ando mucho siguiendo las veredas
del campo del castillo,
algo en mí me obliga en las mañanas
aunque no esté mi perro;
me paseo a mí misma,
soy la perra que desea olfatear el territorio.
Soy también quienes han recorrido
la Tierra todo el tiempo
y han llevado su ser de un lado a otro
para que vea y piense en lo que es.
Aquí todo está solo
y lo que soy se ensancha por momentos,
se disuelve después casi sin dejar rastro.
En la ciudad en cambio
el ser se vuelve frágil y delgado:
un cristal que la gente no quiere disolver
y a menudo se quiebra.
En medio del campo
nuestro ser se reabsorbe cada día,
en las noches se olvida de sí mismo
y puede reconstruirse
con lo poco que logra retener.
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Pareja a la intemperie
Siguen dormidos en las bancas.
Quizá estuvieron despiertos
una buena parte de la noche
cuando la plaza es suya
y la iglesia los cuida
con su sombra que ya no necesitan.
Al despertar se sientan con su equipaje
como si esperaran en alguna estación.
Después del mediodía se van a la otra plaza,
la que no tiene iglesia;
andan por ella como por su casa.
Se lavan, se peinan en la fuente;
los que pasamos fingimos que no están,
que su vida transcurre en otra parte,
en un tiempo cortado a su medida
que roza levemente el nuestro.
Son un día remoto
que ha llegado a instalarse;
una intemperie que ya muchos llevamos en el fondo.
Este edificio es un barco al pie de un océano.
Este edificio es un barco al pie de un océano,
se mantiene a flote en esos días
en que aumenta la marea de automóviles.
En uno como éste
empezó a avanzar mi vida.
Aún extraño el ruido del tranvía,
era mejor que este ruido sordo,
de alta mar que hace la autopista.
En ese entonces los edificios eran como islas
y todo un mundo se movía en ellos,
cada departamento era su historia
y su escenografía;
la casa de mi abuela, su taller de costura,
la señora de enfrente y sus jaulas de pájaros,
el pequeño zoológico de arriba,
las casas limpias como tazas de té
de las mujeres solas,
los departamentos vacíos de dos hombres aváros,
el cubo de basura
y un pueblo de jaulas para tender en la azotea.
Ahora tendría miedo de entrar al edificio
y sin embargo hay algo en mí
que todavía corre escaleras abajo
escuchando los ruidos
sintiendo los olores.
Hay algo en mí que espera
en el balcón de ese edificio
este futuro que he ido viviendo lejos.
Esperaba viajar,
perderme en avenidas
y sin embargo siento todavía
cómo pego el mentón a la baranda
caliente al medio día
y miro el mismo mar crecido de edificios.
Una plaza
No hay como estar en una banca
en la plaza de un pueblo
y ver pasar la tarde entre desconocidos
que parecen llevarse en el camino
lo que se van diciendo.
Solo me queda entonces
una vaga tonada del idioma,
el aleteo, el graznar de los pájaros
que llegan a posarse en sus laureles,
el alivio de no pertenecer
a lo que nunca en realidad nos pertenece,
en la ciudad de nadie en que vivimos.
Ella nos hace creer que es nuestra
en la costumbre de andar las mismas calles
que dejamos de ver para soñar en ellas que existimos.
En el lugar común y ajeno de esta plaza,
recobro mi ciudad,
su terrible fealdad, su asombrosa belleza
me dejan de abrumar,
siento otra vez nostalgia de bordarla de nuevo.